Castilla y León. s.XIII-XIV-XV-XVI
En Castilla y León se reconocen algunos de los primeros pasos del retablo fingido en pintura mural y, al mismo tiempo, algunas de las versiones más avanzadas para su época. La ciudad de Salamanca resulta decisiva por la precocidad y el valor histórico de sus ejemplos; en ella se encuentran las pinturas de los retablos vinculados a la Catedral Vieja en las capillas de San Martin de 1.262 y de Santa Bárbara de 1.350 (descubierto en 2014 tras el de madera). Y también lo es la ciudad de Valladolid, al aportar un salto cualitativo, adelantado a su tiempo, en la sacristía de la Parroquia de San Miguel y San Julián (1660): el retablo pintado en perspectiva central por Felipe Gil de Mena, se convierte en una impactante ficción tridimensional, tan convincente, que invita a recorrer la estancia de lado a lado, para comprobar que lo que vemos no es, en realidad, una gigantesca maqueta.
Pero lo que singulariza de forma especial a esta comunidad, es la dimensión local y territorial en la que se localizan los retablos pintados. Es en pequeños pueblos y en iglesias modestas, donde aparecen algunos de los ejemplos más atrevidos, de la mano de pintores locales, y con frecuencia descubiertos tras capas de cal. En estos retablos, puede verse con claridad cómo se intenta sustituir mediante la pintura, al esperado retablo de madera: se simulan calles y cuerpos con mayor o menor destreza, para desplegar un programa iconográfico —centrado en escenas de la vida de Cristo o de la Virgen— pensado para enseñar, emocionar y proteger.
Esa red se percibe con claridad en Salamanca, con iglesias como San Pelayo (San Pelayo de la Guareña), San Cipriano (Villamuerto), Nuestra Señora del Rosario (Valderrodrigo), San Ildefonso (Valsalabroso), o Santa Bárbara (Villagordo), así como en enclaves como La Vídola, Picones o Carrascal de Velambélez entre otros. Se extiende también por Zamora, donde la concentración de casos en la comarca de Sayago —Badilla, Carbellino, Muga, Pasariegos o Villar del Buey— confirma un interés excepcional, reforzado por otros focos como Toro o Villalpando entre otros. A ello se suman ejemplos en Burgos, desde la excepcional Cartuja de Santa María de Miraflores, hasta parroquias como San Cristóbal (Ailanes) o San Martín (Villanueva del Grillo), además de registros en León (Cebrones del Río, Laguna de Negrillos, Valverde de la Sierra) y Palencia (Dueñas).
En conjunto, Castilla y León ofrece un mapa muy significativo, y es una región que ha sabido cuidar, estudiar y divulgar este patrimonio, convirtiendo los hallazgos de pequeños pueblos —especialmente en Salamanca y Zamora— en un testimonio cultural visible y transitable, con rutas como la de Sayago.
Los retablos de Castilla y León se caracterizan todos ellos por el uso de la técnica pictórica del fresco para la ejecución de la composición principal, y el empleo de la pintura al temple (caseína o cal) para la elaboración de elementos más complejos y detalles, así como para la configuración de contornos de figuras y/o arquitecturas. Algunos destacan por el uso del pan de oro para potenciar la luminosidad de los nimbos en los santos, como en el retablo de la catedral de Salamanca.